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Ex Convento de San Hipólito - Parte I

Hospital de San Hipólito
Documento de reseña propiedad del Archivo General de la Nación usado bajo permiso
Obras de restauración 1999
Aún se aprecia el mobiliario de
"La Hostería del Bohemio",
hoy desaparecida.

Transcripción: Tonatiuh Hendricks (Messy Blues)

Bernardino Álvarez llegó a la Nueva España como joven y aventurero soldado a guerrear contra los chichimecas de Zacatecas. De vuelta en la Ciudad de México, capitaneó a una pandilla de jugadores de naipes. Un homicidio en riña, en que se vio mezclado, lo condenó a servir como forzado en la flota que exploraba el oriente. En Acapulco, con la ayuda de una enamorada, logró burlar a sus custodios y embarcarse hacia el Perú, donde permaneció treinta años, se hizo muy rico y volvió a la Nueva España dispuesto a disfrutar de su fortuna. Para que viniese a compartirla, le escribió a su madre, pero Doña Ana de Herrera ya vestía hábito de beata; sabía que los bienes terrenales son pasajeros y exhortó a su hijo, en su carta respuesta, a emplear su caudal en servicio de Dios y del rey.

Conmovido, persuadido y resuelto, Bernardino visitó burdo sayal y entró a servir como enfermero en el Hospital de la Concepción al que dio cuantiosas limosnas y al que sirvió diez años. En los cuales pudo observar que los seres más desvalidos entre los pobres del mundo eran los ancianos y los locos pues si mansos se burlaban de ellos, furiosos los azotaban y aprisionaban como bestias.

Década de 1970's
Fuente central en el patio
Bernardino decidió erigirse el protector de los locos. Consiguió que la ciudad le otorgase un solar vecino de la ermita de San Hipólito (cuatrocientos pasos de marca mayor en cuadro) que amplió por compra de más terreno. Y con licencia del arzobispo Montufar y aprobación del virrey Don Martín Enríquez, construyó poco a poco el alojamiento en que albergaba a los convalecientes de los hospitales del Amor de Dios y de la Concepción y a los locos que llamaban "inocentes", retrasados mentales, sacerdotes ancianos y decrépitos y ancianos en general. Y empezó a recibir enfermos de todos los males, menos leprosos ni antoninos, y a admitir para darles alimentación y trabajo a estudiantes y maestros pobres, no por enfermos sino por necesitados.

Su contagioso espíritu de servicio atrajo a muchos clérigos que le brindaron su ayuda y se mudaron a vivir con Bernardino en 1569. Y esa colaboración le inspiró la idea de fundar una orden religiosa hospitalaria que vendría a ser la primera orden mexicana : Los Hermanos de la Caridad. Aunque fue él mismo quien inició las largas gestiones, ya había muerto hacía mucho (en 1584, a los setenta de su edad), cuando Inocencio XII la erigió en religión formal y regular colocándola bajo la regla de San Agustín y con votos solemnes de castidad, pobreza, obediencia y hospitalidad. Los hermanos destinaban al hospital cuantas limosnas recogían, vestidos con túnicas de paño pardo que en casa les llegaban al suelo y en la calle abajo de las rodillas.

Como la iglesia (a diferencia del hospital) pertenecía a la ciudad, siguió una suerte distinta; hubo de ser demolida en 1584, reiniciada en 1602 y concluida en 1740 por los frailes. En este siglo fue igualmente llevado el hospital a su conclusión por los filantrópicos caballeros de la Orden de Santiago. El 20 de Enero de 1777 -cumpleaños del Rey Carlos III- fueron instalados los locos en su nuevo edificio.

Vista de norte a sur desde la azotea
Mientras vivió, Bernardino declinó siempre el auxilio económico de más patronos de Jesucristo. Rechazó, por ejemplo, la munificencia del famoso Alonso de Villaseca, conocido en la historia virreinal por "El Rico". El hospital siguió sosteniéndose con limosnas hasta que en 1819 el gobierno autorizó a los frailes a cobrar a los enfermos según sus posibilidades. Y su especialización no tardó en conferir al hospital de San Hipólito el carácter de nacional, pues empezaron a llegarle locos de Cuba, Guanajuato, Querétaro, San Miguel el Grande, Salvatierra, Colima, Tula, Valladolid, Celaya, Durango, Guadalajara, Córdoba, León, Orizaba. El infatigable Bernardino planeó además dos redes hospitalarias hipólitas, una hacia el pacífico y otra hacia el golfo con un total de seis hospitales en la Nueva España y uno en La Habana, todos dependientes del de México.

Vista de oriente a poniente desde la planta alta.
El 15 de Febrero de 1821 -meses ante de consumarse la independencia- se aplicó en México el decreto de las Cortes Españolas que el 20 de Octubre de 1820 había suprimido las órdenes hospitalarias. Los hospitales pasaron a depender de los ayuntamientos. Cuando el 24 de Marzo de 1821 llegaron a San Hipólito los comisionados del Ayuntamiento, hallaron un puñado de locos semidesnudos y hambrientos, sustentados por las sobras del hospital vecino de San Fernando.

En 1842, Santa Anna incorporó a la Oficina de Temporalidades los bienes con que se sostenía el hospital y ahí desaparecieron. En 1846 sirvió el edificio como hospital militar, luego municipal y por algún tiempo sede de la errabunda escuela de Medicina. En tiempo de Juárez, el edificio se vendió a une empresa tabacalera. Por fin; en 1873, siendo Presidente de la República Don Sebastián Lerdo de Tejada, el gobernador Don Tiburcio Montiel informó acerca del estado que guardaba entonces San Hipólito, en la Memoria que reproducimos.

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Opinión del transcriptor:

Hacia finales de los 1970´s e inicios de los 1980´s
el edificio alojaba demasiados negocios que, a juicio de
las instituciones de Patrimonio Histórico, restaban
calidad urbana al recinto por lo que hacia inicios del siglo XXI
cambió dramáticamente su apariencia.
El documento transcrito arriba es un extracto del original publicado hacia 1894 por los doctados en materia histórica que así lo definieron, como documento histórico, y bajo el manejo y dominio del Ayuntamiento de la Ciudad de México a principios del siglo XX. Se desconoce el autor ya que corresponde a una época en la que el derecho intelectual no era de una persona sino de una institución y de hecho se consideraba que al recibir honorarios dicho autor cedía por entendido y automáticamente tales derechos a quien cubría esos honorarios, en este caso el Ayuntamiento.

Aunque su contenido es de alto valor histórico, es menester dejar claro que no define la historia del edificio "Per Sè" aún a pesar de que sí describe de modo resumido la historia del hospital como tal. Sin perder de vista lo anterior, es importante mencionar que la construcción del edificio obedeció, en teoría, a iniciativas de dominio de la corona española apoyada fuertemente por la iglesia católica vigente en 1519 en términos bélicos utilizando la evangelización como arma moral y la fuerza y sometimiento como arma de imposición. De acuerdo a esto, la ermita de San Hipólito fue construída a modo de victoria española por parte de Hernán Cortés pero de una manera que buscaba justificarse moralmente (En nombre de los hombres de Jesucristo) y posteriormente se crearon un par de cuarteles en el cuadrante de parcelas contiguos a partir de la rivera del canal (hoy Paseo de la Reforma) hacia el poniente (hasta lo que hoy es conocido como Eje 1 poniente -Eje Guerrero-). En estos se establecieron tanto oficinas militares como establos para los caballos de manera provisional y cuarenta y seis años después fue que se estableció en forma el edificio virreinal-religioso del que hoy se conserva una cuarta parte (El Ex Convento de San Hipólito). El resto de lo que sobrevivió al tiempo de la construcción original es probablemente la iglesia  de San Fernando ubicada precisamente en el Eje 1 poniente ya mencionado frente al parque que hoy forma la esquina de dicho eje vial con la Avenida Hidalgo. Otras construcciones coloniales cercanas se conservan gracias en parte al apego religioso del pueblo y las autoridades entre la guerra de independencia y la revolución mexicana (no obstante la presencia masónica en el poder por ese entonces). Como referencias actuales están esas construcciones relativamente más recientes que el Ex Convento de San Hipólito como son lo que hace poco aún se conocía como "Hotel Cortés", frente a la Alameda Central, también del lado norte de Avenida Hidalgo pero del lado oriente de Paseo de la Reforma y, hacia el sur sobre la vereda poniente (que corre de norte a sur) de la también mencionada Alameda Central, se encuentra la hoy conocida como Pinacoteca Virreinal originalmente un templo de la orden de padres "Dieguinos" representantes de la Santa Inquisición en la Nueva España. Precisamente en este lugar se llevaban a cabo las ejecuciones por parte de esta.

Vista de surponiente a nororiente desde el patio
La historia moderna del Ex Convento de San Hipólito es variopinta y bastante incierta en muchos datos, algunos creados por el folclor y otros imaginados por los muchos cronistas de la ciudad desde que comenzó a haber libertad de literatura y por consecuencia no se poseen datos fidedignos que arrojen una historia documentada de cada año o al menos cada década del edificio a partir de la invasión norteamericana aunque se puede comprobar por documentos que el edificio perteneció también a la Santa Inquisición sirviendo como hospital militar aparte de seguir siendo hospital mental. irónicamente y a lo largo de la historia, el criterio colectivo asume que antiguamente el edificio fue un Convento exclusivamente (y algunos "expertos" han cometido el crimen de asegurar que se trataba de una "Nunnery" -convento de monjas-) destinado a la reclusión religiosa cuando en realidad su principal función fue la de hospital, desde las huestes de Cortés hasta el ejército mexicano que haría frente a los norteamericanos en 1846.

También de surponiente a nororiente
pero desde la planta baja del recinto (2002)
En la era moderna del siglo XX el edificio ya había sufrido mutilaciones a capricho de Porfirio Díaz (quien edificó construcciones tipo francés en el ala intermedia siguiente hacia el poniente creando un par de calles -Calle Héroes y Corredor San Fernando- para establecer un refugio personal emulando a su admirada París) asimismo la Calle San Fernando que corre por la parte posterior al edificio. Fue que se convirtió en propiedad privada y se estableció como de viviendas obedeciendo a la creación de La Castañeda (hospital para enfermos mentales) que recibió por consecuencia al personal y pacientes de San hipólito. A lo largo de las décadas de 1930, 1940, 1960, 1970 y parte de 1980, el edificio fue una vecindad que se acogió a la política de Rentas Congeladas establecida en 1942 y disuelta en 1995. Como lo mencioné en otro artículo, también se estableció la legendaria "Hostería del Bohemio" que permaneció en el patio del edificio desde 1964 hasta 2009 ocupando inicialmente algunas habitaciones como oficina y eventualmente toda la edificación por dentro. Aunque también convendría mencionar negocios en el exterior que también representaron toda una época en el recinto como fueron "Lonchería Amalita", "Papelería La Libertad", "Librería Eva", "Librería Loyola", "Librería Barataria" y en tiempos más recientes "Abarrotes San Judas" y el negocio de servicio de internet que aún hoy existe al costado de la entrada principal. En la actualidad el "Ex Convento de San Hipólito" es propiedad de la empresa "San Hipólito S.A. de C.V." y funciona como un salón de eventos.

Es cuanto

Messy Blues

Publicación Original: Blog de Messy Blues

Cobra Kai - La Serie

Cuando el Karate Kid se convirtió en persona real

Hablar del Karate Kid representaría agregarse a los cientos de artículos que se han escrito por años desde 1984 a la fecha, desde las reseñas que tacharon el filme de John G. Avildsen como "Basura presuntuosa", "Mediocre broma de mal gusto" y "Filme palomero para pasar la tarde" hasta las grandilocuentes y analíticas apreciaciones interneteras de que se trata de un "Filme de Culto". Así que me limitaré a dar mi propia opinión sobre la saga de dos películas medianamente buenas, dos peor que malas y una serie por internet que ha hecho que el Karate Kid recobre bríos y al mismo tiempo se vea superado en valor de esencia.

Cuando yo ví la película en 1984 ya era estudiante de karate (por eso la ví) y me divertí, tenía 20 años y una vida de estudiante bastante burguesa aún con las eventualidades que ser estudiante representa y salía con una chica promedio que me complementaba en un sentido muy Andy Capp y no pintaba para ser activista feminista. Es decir, nuestras perspectivas de vida eran bastante normales y bastante mexicanas para ser francos así que yo fui a ver al Karate Kid sabiendo que ese tema no era muy del agrado de ella pero sí muy del mío y salí del cine sintiéndome más fregón que Chuck Norris. Puede que sea medio sangrón respecto a apreciar el cine después de ser fan de Stanley Kubrick y Martin Scorsese pero es cierto que el Karate Kid es por mucho la versión adolescente de Rocky en un talante igual de consumista que aquella. Sin embargo me gustó, tocó mis fantasías juveniles de ser un héroe sobreviviente del bully abusivo escolar y de la cuadra donde vivía por ese entonces y la segunda parte, Karate Kid II (vaya que se rompieron la cabeza con dicho título), no pudo faltar en mi repertorio. Cierto, la película de Macchio que superó mi gusto en ese sentido fue "Crossroads", en donde Ralph dejó el Dojo y se colgó una Fender Telecaster para tocar blues buscando el Blues número 30 y vencer, no a Johnny Lawrence en un torneo de Karate, sino al mismísimo Satanás tocando la guitarra (idea que el juego de "Guitar Hero" copió mediocremente).

La cosa es que Karate Kid III y Karate Kid IV no me gustaron. Una el refrito de la misma idea en la que regresa el villano Sensei Kreese para ser nuevamente vencido y la otra con una chica tomando el lugar de Daniel Larusso, que no es por la chica sino por el argumento tan vago y en cierto modo estúpido de la película. Así, con la edad y las responsabilidades perdí el encanto por el culto al Karate Kid y su remake en 2010 con el hijo de Will Smith de pupilo y Jackie Chan de Sensei, no le hizo mucha justicia que digamos al tema. Pero Will Smith precisamente es un tipo juicioso, buen productor y empresario afilado como navaja y decidió que el culto al Karate Kid original debía regresar. Al principio pensó en una secuela pero al final decidió que sería mejor crear una mini serie de televisión enfocada en un drama no vivido en las película. Es decir, ¿qué tal si esta vez Daniel Larusso dejara de ser el héroe y se convirtiera en un antihéroe o al menos en una persona que también abusa y comete errores?, o bien, ¿qué tal si el abusivo villano original, Johnny Lawrence, mostrara sus razones de ser un villano y mostrara su lado humano?.

Will Smith se creyó enfrentar a dos barreras básicas, que el creador de la historia original, Robert Mark Kamen, se opusiera a que utilizara sus personajes y su historia de referencia y, por otro lado, a que los protagonistas originales, Ralph Macchio y William Zabka, se opusieran siquiera a considerar la idea de actuar (particularmente Macchio, quien ha gozado por una treintena de años de la simpatía de los fans del Karate Kid). Y sin embargo se mueve, diría Galileo (y no el de Queen). Tanto Macchio como Zabka mostraron especial interés logrando incluso que el resto de implicados participara de una forma u otra en la producción de la serie, con la única negativa de Elizabeth Shue (Ally Mills, la superficial novia por la que Johnny Lawrence se enceló de Daniel Larusso). De esta manera el Karate Kid salta a la luz pública desde la perspectiva de la contraparte, el infame Dojo Cobra Kai, en donde se golpea primero, se golpea fuerte y no se tiene piedad.

Lo que más me gustó de la serie fue su toque realista. Aquí desapareció el edulcorante "Made in Hollywood" de la saga de películas y se expuso a los dos protagonistas principales en su lado humano y de conciencia como un Daniel Larusso triunfador como empresario automotriz y un Johnny Lawrence fracasado víctima de las circunstancias y de sí mismo. El primero un cabal y comprensivo padre de familia con una bella esposa, una residencia palaciega y el legado de un Señor Miyagi que le dejó la cultura de los árboles bonsai, aparte del karate, y el otro un sujeto alcohólico que sobrevive al día, divorciado, cuyo hijo reniega de él, resentido con la vida y con un rencor hacia el sensei que lo hizo karateka que le hace odiar incluso la idea de volver a entrenar. Así y todo, Daniel se ha convertido también en un sujeto superfluo, presuntuoso y convencido de que su verdad es absoluta, sin dar paso a la duda razonable (conozco muchas así, jajajajaja). Johnny sin embargo, y a pesar de su machista postura ante la vida, es un sujeto que, a pesar de todo, posee un alto sentido del honor, es sensato y cree que las generaciones actuales están plagadas "de maricas" (en el sentido de que ahora todo se arregla poniendo etiquetas, asistiendo al psicólogo y a consejeros estudiantiles en comparación a tiempos viejos cuando las cosas las arreglábamos con una buena pelea). Así de esta manera se desarrolla una interesante e intrínseca historia en la que hay momentos en los que odias a ambos y momentos en los que amas a ambos y hasta momentos en los que ambos se emborrachan juntos.

Los alumnos estrella son Miguel Díaz, un hispano alumno de Johnny, y Robbie Keene, el hijo de Johnny que se hace alumno de Daniel (o sea!!!) y sostienen una rivalidad igual de insana que la que Daniel y Johnny tuvieron en 1984 e igualmente por una chica, Samantha Larusso, hija de Daniel. Si bien en las películas los malos de Cobra Kai eran malos, muy malos, unos verdaderos hijos de la tiznada y el único alumno de Miyagi Dojo era Daniel, el bueno y pobrecito Daniel, en la serie Cobra Kai hay una extraña combinación de buenos y malos, más cercana a la realidad por cierto, y una dramática trama en la que varios personajes cobran personalidad e historia propios. Se retrata así el también drama del abuso escolar, de la alienación parental, de la superficialidad juvenil, de la lucha por sobrevivir y de la traición. Cierto, no puede faltar un enemigo común a cargo del malo de siempre, John Kreese, el Sensei que destruyó a sus propios alumnos en 1984 y que regresa a vengarse de Daniel Larusso (ya que no puede desquitarse del fallecido Señor Miyagi) utilizando a Johnny Lawrence de manera trapera y cobarde. También destacan algunos cameos imperceptibles pero interesantes para quien conozca bien la saga de películas. Ron Thomas (el chico que en la película le lastima la pierna a Daniel y le pide perdón en pleno combate) entrenó a los chicos que aparecen en la película, ya que es un reconocido artista marcial en la vida real.

Es verdad que la serie, adquirida y transmitida por YouTube Originals, es un valioso documento para los fans del Karate Kid, o para sus detractores, pero también es una interesante serie creada profesionalmente en la que tanto Ralph Macchio como William Zabka demuestran sus capacidades histriónicas de una manera que no pudieron expresar en el filme original (Macchio en todas aparece como un idiota). Si alguien tiene un poco de curiosidad y gusto por series alejadas del Bubble Gum de Hollywood, haría bien en darse un tiempo para ver "Cobra Kai". YouTube Originals cobra por verla pero vale la pena. En opinión personal: Genial!.

Messy Blues